Ordre Reaux Croix

Estancias sobre el origen y el destino del hombre

Texto francés según las «Poésies» de Louis-Claude de Saint-Martin (edición de 1860). Transcripción establecida a partir de una digitalización antigua, corregida según el metro y la rima — por verificar en una edición crítica.

1.

Antorcha sobrenatural que acabas de aparecérteme,
por ti se explica al fin el enigma de mi ser.
Poco es que tu calor se muestre a mi espíritu
como un torrente de fuego que jamás se agota;
leo en el esplendor de este fuego que me alumbra
que he emanado de su propia luz;
que, ciudadano inmortal de las celestes moradas,
mis días son el vapor del día del Eterno.

2.

¡Que todo ceda al brillo que mi título me imprime!
Nada puede eclipsar el rayo que me anima;
y querer atentar contra su sublimidad
es hacer ultraje incluso a la Divinidad.
Doy fe de esos derechos cuya verdad santa
en el hombre incorpóreo quiso grabar la huella,
cuando lo hizo nacer en el seno de sus virtudes.
Doy fe de estas palabras oídas en su templo:

3.

«Símbolo radiante de mi omnipotencia,
hombre, a quien formé de mi más pura esencia,
conoce la majestad de tu elección.
Si vierto sobre ti mi secreta unción,
es para conferirte el importante ministerio
de ejercer la justicia en mi nombre sobre la tierra;
de llevar mi luz donde domina el error,
y de expresar por doquier los rasgos de mi grandeza.

4.

Elementos encadenados en vuestros actos serviles,
seguid ciegamente vuestros ciegos impulsos,
no compartís las funciones de los Dioses.
Solo el hombre goza aquí de este derecho glorioso
de ser administrador de la sabiduría misma,
de atraer las miradas de ese sol supremo
cuya claridad, penetrando la inmensidad de los aires,
viene a señalar en el hombre un Dios para el universo.»

5.

¡El hombre un Dios! ¡verdad! ¿no es acaso un prodigio?
¡Cómo! ¡el hombre, ese Dios, ese asombroso portento,
languidecería en el oprobio de la flaqueza!
¡Un poder enemigo de su autoridad
sabría hurtarle, en el recinto etéreo,
los sones armoniosos de la lira sagrada!
¡Y, teniéndolo cautivo en el confín de los sentidos,
le impediría alcanzar esos divinos acentos!

6.

«Antaño establecido sobre todo cuanto respira,
dictaba, bajo mis ojos, la paz a su imperio:
hoy subyugado por sus antiguos súbditos,
a él le toca venir a pedirles la paz.
Antaño bebía del río saludable
que manaba a mi voz para fecundar la tierra;
hoy, cuando piensa en fertilizarla,
solo con llanto puede regarla.

7.

A ningún otro sino a él imputa su suplicio;
él fue quien provocó los golpes de mi justicia:
él fue quien, renunciando a reinar por mi ley,
invocó la mentira y se armó contra mí.
Engañado en una esperanza que fundó en un crimen,
el Sacerdote del ídolo vino a ser su víctima;
y la muerte, único fruto del culto de los falsos Dioses,
fue el precio del incienso que quemó ante ellos.»

8.

Eterno, los humanos, hechos todos a tu imagen,
¿habrían para siempre degradado tu obra?
¿Estarían tus hijos hasta tal punto corrompidos
que, no pudiendo renacer en el nombre de tus virtudes,
hubiesen abolido tu más santo carácter,
tu más bello derecho, el de ser llamado su padre?
¿Y verían caer en la caducidad
un nombre que les transmitió tu inmortalidad?

9.

Aprendí, cuando habitaba en tu gloria inefable,
que tu amor, como ella, era inalterable,
y que no sabía limitar sus bienes;
Dios santo, ven a confirmar esos antiguos decretos;
a tus primeros dones une nuevos favores
que me enseñen aún a caminar bajo tus alas,
y me ayuden a cumplir ese soberbio destino
que distinguía mi ser al salir de tu seno.

10.

«Si el fuego de los volcanes, comprimido en sus abismos
por las rocas, los torrentes, los metales y los azufres,
se irrita, los inflama y los disuelve, ¿por qué
no sabes captar esta elocuente ley?
Hombre tímido, opón un vigor constante
a esos hierros tan molestos cuyo peso te atormenta:
podrás dividir sus mortales elementos,
y dejar lejos de ti sus groseros sedimentos.

11.

Cuando el relámpago imponente, precursor del trueno,
se enciende, y de súbito, inflamando la atmósfera,
anuncia a su señor en las regiones del aire;
esa obra es la tuya, y ese rápido relámpago,
eres tú a quien lancé desde lo alto del empíreo;
eres tú quien, desde la cumbre de la bóveda azulada,
vienes, como un dardo, a golpear los terrestres lugares,
y debes con el mismo choque rebotar hasta los cielos.

12.

El hombre es el sentido real de todos los fenómenos;
su doctrina no tiene artificio; lejos de vanas disputas,
la naturaleza en todas partes profesa en acción;
el astro del día te pinta tu destinación:
entre los animales encuentras la prudencia,
la dulzura, el valor y la perseverancia;
el diamante te instruye por su limpidez;
la planta por sus jugos; el oro por su fijeza.

13.

Mas poco es para mi plan que en ti todo corresponda
a esos signos diversos que componen el mundo;
mi elección sagrada te llama aún a otros derechos;
quiere, regulando tus pasos por más vastas leyes,
que tu nombre sea tu cetro, y la tierra tu trono,
que los astros brillantes te sirvan de corona,
todo el universo, de imperio; y que una ilustre corte
retrate en torno a ti la celeste morada.»

14.

¡Su voz me regenera! agentes incorruptibles
de ese Dios que llena vuestras moradas apacibles,
compartid mis arrebatos; sí, si se muestra celoso,
es por hacerme dichoso y sabio como vosotros:
es por justificar mi sublime origen;
es por abrir los tesoros de mi fuente divina,
para que todos vayamos a beber allí, por turnos,
los frutos de su ciencia y los de su amor.

15.

Si ese amor, pese a la distancia en que estamos,
os ha hecho alguna vez descender junto a los hombres,
¿no puede también, por sus derechos virtuales,
elevar a los mortales hasta vuestras regiones?
Todo lo une: amigos, que nada nos separe;
mi ser quiere seguiros a los cielos, al Tártaro;
quiere mezclar sus cantos con vuestros himnos santos,
y sentarse con vosotros en el consejo de los destinos.

16.

Triunfas, oigo la voz de tus oráculos,
¡oh verdad! toco esos vivientes espectáculos
donde el ojo y el cuadro, compartiendo tu claridad,
son animados ambos por tu divinidad;
parece, al admirar esos hogares de luz,
donde tu eternidad fijó su santuario,
que las sendas del tiempo se abajan ante mí,
y que en el infinito me lanzo tras de ti.