Traducción española según la edición de Robert Amadou, «Présence de Louis-Claude de Saint-Martin, textes inédits» (Tours, L’Autre Rive, 1986).
Grandeza de la Sabiduría
Como no hay nada que ame más que a ti, hombre, quiero mostrarte todo lo que he hecho en tu favor, y todo lo que debes esperar de mí, con tal de que tú también me ames. No te pido sino confianza en mis promesas, y te daré cien veces más de lo que te habré prometido. Disiparé todos tus temores, esclareceré todas tus dudas. Yo soy la fuerza y la luz mismas.
Razón de las miserias del hombre
La primera duda que te atormenta es la de saber por qué te hallas aprisionado en una densa materia, cuyas necesidades y corrupción te retienen como en la esclavitud y te arrastran tan a menudo a la confusión.
Emanación de los mayores
Para tranquilizarte sobre este punto, te enseñaré que antes de tu formación y la de este universo, yo había emanado de mí mismo seres espirituales semejantes a ti. Los había emanado para mi gloria, a fin de que me rindiesen ese culto de amor y de veneración que me es grato y que, al mismo tiempo, constituye la dicha del ser que no busca sino honrarme.
Ley, precepto y mandamiento
En cuanto seres espirituales, eran libres y, como emanados de mí, tenían una ley tomada de su misma emanación, que consistía en no poder salir de los límites de su naturaleza y en no poder jamás igualarse a mí, por violentos que fuesen sus esfuerzos. Pues yo soy el único ser, y jamás habrá otro semejante a mí.
Tenían además un precepto para dirigirlos en el culto que debía constituir la esencia de su naturaleza espiritual, y un mandamiento para ejecutarlo.
Si estos seres no hubiesen intentado salir de los límites que les había prescrito al emanarlos de mí, si hubiesen caminado según mis preceptos y no hubiesen abusado de su mandamiento, una paz inalterable y delicias sin número habrían sido su recompensa, y el mal sería aún desconocido.
Su libertad
Pero, siendo independientes de mí en cuanto a sus voluntades y acciones espirituales, yo no podía forzar su libre albedrío sin destruirlo. Tenían en sí un principio de vida indestructible que doy a todo lo que emana de mí, y que dejo luego obrar a su antojo, sin que yo tenga parte alguna en la acción del ser que está revestido de él.
Mis leyes son inmutables. Como llevo en mí la fuente inagotable de la infinidad de los seres (espirituales), todos aquellos que me place emanar de mí no pueden dejar de sentir y de conocer el bien, mientras permanecen unidos a mí; si se apartan de mí, ya no hallan sino la confusión.
Mi ley no puede fundarse sino en su libertad; de otro modo, ya no serían mis hijos, sino más bien mis esclavos.
Prevaricación a causa de su libertad
Es por el poder de esta libertad que los primeros seres espirituales osaron llevar su audacia hasta mi trono. Quisieron impugnar mi eternidad atribuyéndome una emanación semejante a la suya. Quisieron limitar mi omnipotencia en mis operaciones de creación. En fin, concibieron el designio de ser ellos mismos creadores de las causas terceras y cuartas, que sabían ser innatas en mi omnipotencia, puesto que en cuanto seres espirituales divinos podían leer en mi seno.
Su caída
Pero mi trono es por siempre inconmovible y, como nada me está oculto, penetré su pensamiento criminal apenas lo hubieron concebido. Entonces les hice conocer que no hay poder alguno que no se quebrante contra el mío. Los expulsé lejos de mi recinto sagrado, 10, desde donde podían conocer y leer en mí mi cuádruple esencia divina, en la cual debía actuar y obrar para mi gloria todo ser espiritual, a saber: superior 10, mayor 8, inferior 7, y menor 4, aunque no estuviese aún emanado.
Creación del universo físico
Cuando los hube privado de mi luz, creé este universo físico de formas materiales, en el cual estos prevaricadores ejercen continuamente los desórdenes que engendra su voluntad desordenada; voluntad cuyo efecto, sin embargo, jamás prevalecerá contra las leyes de orden y de duración que he dado a mi creación universal, general y particular.
Es en el centro de esta obra de mi poder donde les he reservado abismos para que sean el asilo de sus operaciones tenebrosas.
Emanación del hombre
Entonces, hombre, abrí mi seno una segunda vez, y tú recibiste el ser. Te confié la defensa de mi gloria, transferí sobre ti todos los derechos de los que había despojado a tus mayores. Sometí a tu poder esos mismos seres que jamás deberían haber reconocido otro señor que a mí. Te di, como a ellos, leyes, preceptos y un mandamiento. Eras libre como ellos de usarlos para mi gloria, pero el ángel de las tinieblas, que ha jurado la perdición de todo lo que me pertenece, nada omitió para seducirte.
Su tentación
Insinuó en tu alma ese orgullo criminal que lo había hecho objeto de mi cólera; te persuadió de que no había límite alguno al poder que te había dado, y de que, hecho a mi imagen, debías compartir mis derechos.
En lugar de arrojar lejos de ti a ese monstruo de execración, como tenías el poder de hacerlo, fuiste bastante débil para complacerte en esa ambición que él te pintaba tan hermosa. Se aprovechó de tu docilidad para imprimir más profundamente el pensamiento del crimen en tu corazón.
Su prevaricación
Y pronto te lanzaste a poner en ejecución ese proyecto funesto, que debería haberte espantado más que la muerte …
Su miseria
Llora, hombre; abandónate a la amargura. Aprende, en el estremecimiento de tu dolor, lo que debes a mi justicia; aprende a juzgar tu crimen por el género de tu castigo, pues es una de mis leyes que seas atormentado por el mismo lugar por el que pecaste, a fin de que tu falta no se aparte jamás de tus ojos.
Recuerda, cada día de tu vida, lo que te cuesta obtener algunos rayos de mi luz, y verás hasta dónde llevo la venganza contra el que me ultraja.
Habitabas una morada de paz y de claridad: te has precipitado en un abismo de confusión y de tinieblas.
Vivías: te has degradado hasta edificarte tú mismo tu propia tumba.
Eras señor, formado a mi imagen: te has convertido en el esclavo de los esclavos, en el desecho de la tierra y de los cielos.
No hay tormento ni persecución que no hayas de sufrir de parte de tu enemigo, puesto que le has dejado tomar el imperio sobre ti. No hay nada que no emplee para devorar hasta las menores huellas de verdad que te quedan. No se contenta con haberte arrastrado a su morada tenebrosa, quisiera además fijarte allí para siempre.
Bondad de la Sabiduría
Pero, hombre, como sigues siendo siempre el objeto de mi amor, no he apartado mis ojos de ti. Te he castigado como a mi hijo, a fin de que, aun cuando experimentases mi justicia, sintieses todavía más mi misericordia, y que, reconociendo por fin la grandeza de mi nombre, te humillases ante mí y volvieses a entrar en mi seno. Si hubiese querido perderte, te habría separado enteramente de mí, como he separado de mí a aquel que te hizo prevaricar.
Fuerza que ella devuelve al hombre
Al contrario, he querido darte toda la ventaja del combate, te he armado poderosamente contra tu enemigo, he esparcido abundantemente en torno a ti las pruebas de mi poder, para comprometerte, mediante señales sensibles, a no dirigir tus homenajes sino a mí, como el único a quien son debidos y que puede recompensarte.
Exhortación
¡Oh hijo mío, hasta dónde llevarás la ceguera y la insensibilidad! ¡Hasta cuándo olvidarás lo que he hecho y lo que hago todos los días por ti! Mis mayores maravillas apenas te ocupan; mis azotes no te espantan; mi voz atronadora no te hiere; mis leyes, escritas por doquier en caracteres indelebles, no se imprimen en ti.
¿Por qué, pues, habría de haber puesto mi sello en tu corazón? No, no quiero que te alejes por más tiempo de mí, quiero preservarte de ese estado de muerte en el que te hundes a cada instante. Quiero enseñarte a observar mis obras, quiero que reconozcas mi verdad en todos tus pasos.
Recursos del hombre
Entonces ya no vacilarás en tomarme por guía, y tu alma confesará que no puede ser firme e inconmovible sino viviendo eternamente según mi ley.
Observaciones sobre las formas y su orden
Cuando comienzas a conocerte, el primer uso que haces de tus sentidos es observar todo cuanto te rodea. Percibes formas diferentes unas de otras, percibes ciertas proporciones y ciertas reglas tanto para la forma de los seres materiales como para todas sus revoluciones. Esta proporción te cautiva y te arrastra a pesar tuyo. Sientes que estás hecho para el orden, por la atracción que hallas hacia todas las cosas en que lo hay. Es a partir de esta primera y sencilla observación que quiero conducirte a reconocer la eternidad de mi nombre y mis leyes inmutables, que he grabado en las más groseras obras de mis manos, a fin de que jamás dudes de ellas.